FINAL

Una luz cenital refulge en los tejados de la ciudad a esta hora en que las cosas se mueven con torpeza entre biorritmos de holgada frecuencia. Las hormigas trabajan. O eso nos reveló Samaniego. Las cuerdas de la ropa cercenan los patios ondeando sus dispares confalones de intimidad y alguien con medio cuerpo fuera de la ventana fantasea con cabras y pianos de cola que caen al vacío. El tiempo se congela a cuarenta y tantos grados frente a la sed de los buscadores de sombra. Sudor. Saliva. Salitre y otras excreciones. Se disuelven anárquicos y con velocidad efervescente el murmullo radiofónico del paseo, el orvallo de gaviotas, los niños en la playa. El rumor del rompeolas, como una débil señal extraterrestre a punto de hacer comunión con el aleteo de una mosca y los halterofílicos parpadeos que custodian la siesta ebria de la musa: levantamiento, rizo, empuje y retroceso. Y otra vez. Y otra vez más. Como una ola que es siempre igual y siempre distinta. De pronto aúlla un despertador y una cisterna descarga. Gime una pareja. Llora un niño. El día olvida la intención primera cada día. Como un pez de agua dulce en la desembocadura, esto se parece mucho al final.

MANERAS DE SER POBRE #3

En verano es peor. Es como estar condenado a cumplir condena en un retiro rodeado de arena y viento. Un oasis de soledad donde inauguro cada jornada abriendo el navegador para leer mis blogs favoritos: el de Lansky, el de J.M., el de Perpiñá… gente que escribe mejor que yo, gente admirable e ilustrativa que con la suya, despiertan mi creatividad. La que haya.

Abro el bolso y saco un trozo de bizcocho que empiezo a comer con desgana. No hace ni una hora que he desayunado, no se puede decir que tenga hambre, pero la costumbre pesa más que la razón.

Abro el facebook y veo que ha muerto Laura Antonelli.

Desde hace meses trabajo en el desarrollo de un revestimiento mineral multifuncional. A pesar del artificio, no es nada que no esté inventado. Aún así, no doy con la tecla. Soy un completo inútil.

Abro spotify y empiezo a confeccionar una lista de canciones que bautizo con el nombre de enfermedad. Pensar en ella me lleva siempre a la niñez, cuando mi padre me regalaba un libro que se llamaba “El corsario negro” o “La isla misteriosa” y lo leía en la cama acompañado de un vazo de manzanilla o de zumo de piña en la mesita de noche. Obligatoriamente y porque estoy aquí, la enfermedad me lleva a recordar el momento de la recuperación, cuando desaparecía la fiebre y me levantaba con el cuerpo desvencijado, como un viejo cacharro oxidado al que le otorgan una nueva oportunidad; cuando me duchaba y era como volver a nacer, regenerarse o casi resucitar. En mi época de estudiante también me ocurría algo parecido: semanas enclaustrado en casa sin lavarte demasiado, sudando en un Junio más caluroso que los de este siglo, y después del exámen salir, emborracharte, sucumbir, bajar al infierno para respirar y ser el santo que expía sus pecados en alcohol, el enfermo crónico para el que el tiempo es otra cosa siempre.

Abro google. Busco Laura Antonelli desnuda.

Abro mi bragueta.

TOCINO, PANOCHAS Y PELOS

Mi desarrollo hormonal y sexual fue algo tardío. Cuando todos los amigos de mi edad e incluso menores que yo, ya tenían pelos en los sobacos y en los genitales, en mis partes aún no se atisbaba ni tan siquiera pelusilla, y aquello a los trece años empezó a resultar un tanto embarazoso.

Un día un amigo (siempre, siempre hay uno) conocedor de mi problema, me dijo que él sabía el secreto universal para acelerar el proceso de crecimiento del vello corporal: tenía que restregarme un trozo de tocino de cerdo por las partes que quisiera envalentonar, y así pronto tendría una pelambrera del copón. Así lo hice, cogí de mi casa un buen trozo de tocino de babilla de cerdo y por las noches cuando me acostaba me lo restregaba por los sobacos y por los huevos con generosidad. Luego lo guardaba en un cajón de la mesita de noche detrás de los calcetines y a dormir para que actuara. Pero aquello duró solo unos días hasta que mi madre notó unas manchas y un olor extraño en las sábanas y se descubrió el lío dejándome con la duda de si la solución de mi amigo era más o menos eficaz. Así que para salir del paso recurrí a un arreglo de lo más engañoso: tomé un puñado de barbas de unas mazorcas de maíz y me las metí en los calzoncillos a modo de postizo, con el fin de que si algún gracioso pretendiera reírse de mi alopecia genital, pudiera mostrarle que estaba equivocado, que aunque mis axilas estuvieran despobladas, mis cojones eran un bosque. Pero la crueldad del destino hizo que por la noche un picor exacerbado en la entrepierna me empezara a corroer. Me lavé, me volví a lavar, me eché polvos de talco, aceite, nivea… y aquello picaba más y más.

Así tanto que me vi obligado a contárselo a mi madre, que me llevó al médico de urgencias, que en un gesto de empatía sin igual me dijo que volviera al tocino, explicándonos a mi madre y a mí que la grasa nutre de vitaminas al furúnculo piloso haciéndolo crecer con fuerza y rapidez. También me dijo que había que frotar bien para que los poros se abriesen al calentarse de forma natural, y que me olvidara de las panochas y los postizos.

PERTENENCIA

Atravieso la A-44 camino del trabajo oyendo radio 3 en el coche, donde entrevistan a una actriz porno española cuyo nombre o sobrenombre (ninguno de los dos) no consigo retener. Tiene una voz infantil, dulce y temblorosa que mete un poco de miedo cuando habla de sus proyectos al margen del porno aunque relacionados con él: teatro, pintura, libros… es muy polifacética. De repente decido parar en casa de mi padre. Llamo al timbre y no contesta nadie. Saco la llave que aún conservo de cuando vivía con él y accedo al piso.

Veo que mi padre ha cambiado algunos muebles de sitio, algunos cuadros, algunas fotos, seguramente aconsejado por su novia, qué duda cabe, yo haría lo mismo. Sólo ha dejado una de mi madre en el salón. Me quedo quieto frente a ella, como descendiendo a un lugar remoto y a la vez muy cercano. Tú no me puedes ver pero tus ojos se están posando en mi rostro; tu mirada, que es la mía, es el vestigio que el tiempo ha logrado salvar, y se llama pertenencia.

Cierro la puerta mirando a lado y lado con la misma sensación que pudiera tener un ladrón que no ha encontrado lo que buscaba. Me monto en el coche, donde la actriz porno tampoco habla ya por la radio.

ESCRIBIR

Mi padre escribiendo en la mesilla. Es de las primeras imágenes que tengo un recuerdo vívido, real y consciente. Toc-toc-tic-tac-toc-toc… el tamborileo de sus dedos en la máquina de escribir como un martillito incansable que ponía música, frugal música a mis primeros juegos. Luego me enteré que mi padre escribir no escribía; que mi padre reescribía lo que otro había escrito en otro idioma: traducía. Aunque él decía siempre que traducir es volver a escribir, no reescribir, que había mucha diferencia en eso, y que había que saber escribir muy bien para hacerlo decentemente.

Yo escribo desde muy pequeño. Quiero decir que tengo la costumbre desde siempre -no sé si heredada o imitada de mi padre, si se tiene desde tan pequeño es así- de trasladar mis pensamientos acerca de todo al papel. Mi madre conservaba con orgullo y cariño de madre, las historias de ficción pueril que yo escribía en mi olivetti underwood 500. Por ahí estarán. Papeles amarillentos con las chaladuras propias de un niño de ocho o nueve años que encuentra en eso un divertimento.

Escribir es una ocupación inútil durante la cual uno siente la dicha del placer y el dolor del látigo intermitentemente. Al principio hay mucho placer y poco látigo, pero la balanza se va equilibrando poco a poco hasta que, sobre todo en algunas épocas, todo el peso termina posándose en el látigo, y siempre hay que estar lamiéndose las heridas, curándose un poco para poder seguir, y se sigue porque el dolor, como el placer, también es adictivo, dos drogas por el precio de una. Así es esto de escribir. Pero además se crece, de alguna manera y opuestamente al hecho de escribir, callando. Cultivando la distancia con todas las personas, incluso con las de la familia.

Mi padre nunca me ha preguntado por lo que escribo, no sé si porque esto no se ha convertido en mi profesión principal o con la que como se suele decir, me gano la vida -con esto más bien la pierdo o la malgasto-, pero no se ha leído mis libros o al menos eso me ha dicho sin darme más explicación. Lo que sí me llegó a decir en una ocasión es que le parecía una pena que no escribiera poesía.

A uno le acaban pasando la dolorosa por todo: por lo que ha hecho, y por lo que no.

POSMODERNIDAD

Es recurrente. Cada noche nos sentamos a cenar en el sofá y ella enciende el televisor a la vez que me echa en cara mi incapacidad comunicativa. Nunca hablas. No sé nada de ti, de tus cosas. No me dices nunca nada. Te estás convirtiendo en un desconocido. Mi vida es muy aburrida, ya lo sabes. ¿Qué quieres, que te cuente lo mismo todos los días? No te voy a amargar la vida con eso, ¿no? 

Ahora calla ella. Ponen un programa de variedades, un late night de formato copiado de los americanos bastante ridículo con un presentador también ridículo que hace pseudoentrevistas patéticas encaminadas a la promoción y publicidad del invitado de turno. Este además también tiene que participar en retos o juegos que la mayoría de las veces requieren un cierto despliegue físico. Mientras observo como una conocida actriz se introduce dentro de una gigantesca pelota de plástico, le pregunto qué tal le ha ido el dia en el trabajo. Me dice que bien, que tranquilo. Yo le digo que también, que tranquilo de más. La actriz da vueltas dentro de la gran bola y chilla. En uno de los planos se le ven las bragas. Todo el mundo ríe. Creo que me voy a abrir otra cerveza. Te vas a alcoholizar, no puedes beber cerveza todos los días. Tienes razón cariño. Beberé agua, pero por favor apaga esta mierda. No podré soportarlo sin cerveza. No hay otra cosa. La tele es un asco. Apágala. Apágala tú. Espera, vamos a ver qué dan en Antena 3. Un programa concurso con un presentador histriónico que acapara casi todo el protagonismo (me recuerda a un gilipollas que estudiaba conmigo en el instituto). Hay, como en el otro programa, famosos que hacen labor comercial de su trabajo. La diferencia es que aquí también hay concursantes desconocidos. Son muy elocuentes, casi parecen concursantes profesionales. Ya no son como los del 1,2,3. Ahora los eligen en un casting para que sean y digan lo que tienen que ser y decir. Intentan que nada sea aleatorio. Todo está dirigido y controlado y nada escapa al designio del director. Todo se desarrolla como se ha pensado que se desarrolle hasta que algo se rompe. Los famosos ayudan a los desconocidos a ganar sin saber que la posmodernidad es un concurso de televisión en el que el invitado famoso que ayuda al concursante desconocido, le jode el premio.